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Nunca buscás nada, tampoco lo esperas, sin embargo llega. Siempre crees poder controlar cada situación, pero casi siempre tu sensibilidad se hace presente y te sobrepasan los asuntos simples.
Compraste un pañuelo en la feria del domingo y te vendaste el corazón antes que comience la semana; preferiste cegarte ante la desigualdad de sentimientos, sin asumir que el error fue tuyo por ponerlos en la balanza.
Habitualmente la inseguridad te hace esperar algo a cambio de la otra persona para sentirte bien, y si el otro no siente te prohibís sentir, te sentís lastimado y desilusionado. ¿Con que derecho pretendes controlar el sentir ajeno?
¿No sería magnífico disfrutar de las cosquillas en la panza, de los sueños, de las horas imaginando fantasías con ella? ¿No te llenaría complacerte mirándola, conociéndola y descubriendo cada detalle suyo?.
Disfrutar las cosas simples te enseñan mucho más que encerrarte a llorar por un amor no correspondido, por un amor que no pudo ser, por un amor que el tiempo caducó.
Si en verdad hay algo que te une, ¿por qué elegís el camino más difícil? ¿Porqué escoges esconder la cabeza como un avestruz?
¿Por qué dejas que tu corazón se marchite y arrancás las raíces de algo que puede florecer como y cuando nunca imaginaste?
¿Por qué te equivocás así? Y cerrás la puerta sin darte a vos mismo esa oportunidad de arriesgar, de jugar.
Nadie dice que si encontrás otra puerta no puedas entrar, pero sabes bien que por más que quieras cerrar la anterior, todo va a seguir allí detrás y vos espiando por la cerradura.
Todo seria distinto si aprendieras a usar la libertad de tu mente y pudieras disfrutar de todo y sobre todo ser feliz con quien vos queres serlo.
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